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Terruño

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El cerro como casa / la casa como memoria / la montaña como símbolo

 

Durante la estación seca, entre la última cosecha y la próxima siembra, los campesinos de los andes bolivianos llevan adelante la construcción de sus casas. Para ese tiempo en Qaqachaka, poblado andino situado entre los Dptos. de Oruro y Potosí (Bolivia), es común que las paredes estén terminadas y que la ceremonia colectiva del techado se desarrolle alrededor del Día de los Difuntos en los primeros días de noviembre. Los acontecimientos se desarrollan en torno a un ritual elaborado donde las ch’allas[1]  a los cerros, y la tierra, juegan un rol fundamental junto a otras ofrendas, donde se agradece al cerro protector (uywiris) la disponibilidad de arbustos, ramas y piedras que constituyen la materia principal de la cual están hechas sus casas.

Mientras se construye, los aymaras recuerdan el pasado, las genealogías ancestrales y los orígenes míticos e históricos mediante la oralidad. La casa, es vista como un artificio mnemotécnico, pues forma parte activa de un arte andino de la memoria, donde las esquinas son algo más que los ángulos literales de la casa, sino más bien el vínculo con la tierra y el linaje ancestral que mora allí.

Ilustrado en el caso anterior,  tal vez el recuerdo y su evocación se produzcan innegablemente luego de que algún recodo del espacio haya suscitado en nosotros cierta comunión o complicidad, pues ha sido en algún momento el lugar de un acontecimiento fundacional en nuestras biografías personales. Es allí donde la memoria reside. Es el espacio -en este contexto- un recurso mnemotécnico esencial en el curso de nuestras vidas y prácticas sociales, de modo que están signadas por cierta espacialidad cotidiana que enlaza experiencia y lugar, biografía y arquitectura, historia y relato.

Podemos decir entonces que una acción se despliega espacialmente, dejando una huella intangible en la topografía de ese instante. Al cabo de cincuenta años, una mirada la re-descubre al pasar por ese lugar, un recuerdo se dispara en el instante mismo de la contemplación. Lo distante temporalmente emerge, se re-edita, se re-crea, habita el mundo desde el momento en que la evocación ocurre. Un fragmento de tierra, por consecuencia, se ha constituido en soporte para la narración de la acción humana.

El espacio occidental -visto como desnudo, vacío, mensurable y potencialmente explotable- no es una categoría válida universalmente aplicable; sino por el contrario, una construcción social históricamente contingente, de manera que existen otras maneras de calificar el paisaje, de vivirlo visceralmente. Hay un espacio andino con su poética a cuestas que reclama la verde herencia de las yaretas.  El espacio se transforma en lugar cuando alguien lo adjetiva socialmente, cuando alguien deposita en él parte de su historia y constituye de ahí en más parte de su biografía social. No existen lugares vacíos de contenido, de significado. Jamás negaríamos que nuestra “Casa“, donde hemos nacido y crecido, sea una bella metáfora de nuestra infancia, suscitando una gama de coloridos matices y preciosos recuerdos al regazo de la memoria, en lucha contra el olvido.

El Famatina es la casa que condensa nuestras memorias. El cerro es el lugar, el vínculo telúrico con nuestra identidad. La montaña es el símbolo, que por cierto, no se toca.

C. Revuelta


[1] Libaciones ceremoniales consistentes en verter o rociar alcohol, o un líquido, a un lugar sagrado.

Ser vidalero, es una manera de mirar las cosas,
una forma de vivir.
Los ojos de los vidaleros tienen
un asombro manso,
miran gozando para adentro
el reflejo del paso de vicuñas, guanacos y corzuelas..
Además de cantar, cultivan nueces,
uvas y aceitunas, todo en pequeña cantidad,
porque casi no llueve en el país de la vidala.
Los vidaleros tienen la mirada mansa
no se sabe si por la pobreza
o por la memoria de exterminios y saqueos…
usan todavía palabras de una lengua
que se muere de a poco en sus últimos sonidos.
Llaman “ulpisha” a las palomas,
“tumiñico” al colibrí, “sury” al avestruz,
que nadie se preocupe por su significado,
son sobrevivencias, sonidos, petroglifos…
Para un vidalero lo más difícil
es llegar vivo a los cinco años,
periodo que mas bien pertenece a los insectos,
la sequía, la falta de leche.
Pasado todo eso,
los ojos se le amansan definitivamente
y ya está en condiciones
de cantar su primera vidala.

Daniel Moyano (Escritor – Libro de Navíos y Borrascas

Envío

Luciérnagas del mundo: uníos,

para que la noche ciega de los hombres

tenga sólo tropiezos de ternura

                                

Ariela Ferraro (Poeta – Ceremonial para Arqueólogos ebrios, 1983)

Las Madres de Plaza de Mayo de La Rioja, al igual que las del resto del país, cada jueves rondan la plaza en lucha desigual contra el olvido; en aras de justicia, verdad y memoria!